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viernes, 23 de mayo de 2014

Europa y los intelectuales

Luis García Montero, nuestro compañero poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada.

Articulo publicado el 22 de mayo de 2014 en publico.es:

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/1062/europa-y-los-intelectuales/

La intervención de Miguel Arias Cañete después de su debate con Elena Valenciano animó una campaña electoral triste. Como es lógico, muchas mujeres se han indignado con la exaltación machista de su enorme capacidad intelectual frente a las pobres ideas de su contrincante femenina. Lo que me extraña es el silencio de los intelectuales. ¿Arias Cañete uno de los suyos? ¿Una superior capacidad intelectual?

La cultura, la Universidad, la ciencia y las artes españolas no viven una situación fácil, ya se sabe. Las cosas se han puesto muy complicadas con los recortes en investigación, la pobreza de las inversiones en educación, la asfixia de las bibliotecas y la subida espectacular del IVA en el mundo del espectáculo. Ofrecer al señor Arias Cañete como modelo de capacidad intelectual puede ser el diluvio que colme el mar y provoque el naufragio definitivo.

Si ustedes se fijan en el cartel electoral del candidato conservador que cuelga por las calles de España, podrán comprobar que Arias Cañete no es el único responsable de sus desafortunadas declaraciones. Los estrategas del PP nos ofrecen en un azul penumbrosos y pensativo la imagen de un filósofo griego. Medita con gafas de despacho universitario moderno y mira hacia el siglo XXI. Frente a la demagogia de la protesta y a la ingenuidad de las utopías, Arias Cañete parece conocer, más allá de toda presión sensible, el noúmeno de Europa. Él lo sabe todo, consigue unir la sustancia con el accidente, lo trascendental con lo empírico, las esencia con la existencia, la especulación metafísica con la financiera. No es un mal planteamiento, porque la facilidad con la que los padres de Europa nos han abandonado en las mandíbulas salvajes de la especulación es un asunto que exige una gran capacidad de trato con lo oscuro.

Enfilado en el camino de la capacidad intelectual por orden de sus asesores, al señor Arias Cañete se
le fue el asunto de las manos en una mañana de cansancio. Pensar cansa, pensar agota hasta el punto de que el hombre se vio en el trance de explicar que intentaba no abusar de sus enormes capacidades intelectuales para no parecer machista delante de una mujer. Hizo un uso inoportuno de su estrategia electoral de fondo, de su azul metafísico y sus gafas de sabio.

Hizo también un uso sincero de la ética y la historia de su partido. Después de la derrota inesperada del Real Madrid ante el Maccabi de Tel Aviv, se extendieron por Twitter unos mensajes racistas escalofriantes. ¡Esto con Hitler no hubiese sucedido! No es para criminalizar las redes sociales, pero es muy triste. Lo que no sé es por qué nos llaman la atención este tipo de actitudes en una España cansada de oír esto no pasaba con Franco. La derecha española ha sido incapaz de distanciarse de Franco, el aliado de Hitler, el forjador de la División Azul, un azul místico mezclado con el olor de las cámaras de gas y el amanecer de los fusilamientos.

Hay cosas que no pasaban con Franco. Nadie se escandalizaba entonces de que las mujeres fuesen más tontas que los hombres. Para convivir con Arias Cañete, y con el arzobispo de Granada, editor de un libro titulado Cásate y sé sumisa, será bueno recordar un ensayo de Carmen Martín Gaite titulado Usos amorosos de la posguerra española (1987). Todo está muy bien explicado, incluso para que lo entiendan mentes menos privilegiadas que la del candidato conservador.

Arias Cañete está hundido. No le preocupa mucho la reacción del electorado español, porque duda, quizá con razón, de nuestra capacidad intelectual. Pero tiene miedo de que el machismo haga inviable la carrera de su saber en el noúmeno de Europa. Y eso sí es un problema.

Claro que el asunto de la dignidad de las mujeres no se acaba en el machismo de Cañete. Las mujeres, además de mujeres, son ciudadanas, trabajadoras, políticas, personas… No entiendo muy bien por qué Elena Valenciano ha sacado a pasear en su campaña a Manuel Valls, responsable socialdemócrata de la política austericida en Francia y cara dura del racismo galo contra una muchacha rumana de la raza calé. Tampoco entiendo la fascinación por Martin Schulz, el candidato socialdemócrata a la Presidencia de la Comisión. Este hombre llegó a la Presidencia del Parlamento Europeo por un pacto con el Partido Popular y, en alianza con Angela Merkel, prepara medidas para expulsar de Alemania a los ciudadanos europeos sin recursos.

Ay, ay Europa, pobre España. El libre movimiento de capitales es más importante que la libertad de sus ciudadanos. Quizá tenga razón Arias Cañete. Su capacidad intelectual debe ser muy superior a la mayoría de las mujeres y de los hombres de Europa. Es la única forma de entender por qué la gente lo vota a él, a sus socios y a sus socias.

jueves, 15 de mayo de 2014

¡Felipe González dice la verdad!

Luis García Montero, nuestro compañero poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada.

Articulo publicado el 15 de mayo de 2014 en publico.es:

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/1054/felipe-gonzalez-dice-la-verdad/e-mayo/

La campaña electoral se parece mucho a un bombardeo de consignas, declaraciones, descalificaciones, promesas, polémicas, rumores, demagogia y fuegos artificiales. Europa queda bajo los escombros del bombardeo. Falta por saber si aparecerá viva o muerta, si es ya cadáver o hay posibilidad de salvarla. No cabe duda: por muchos escombros, por muchas distracciones y manipulaciones que se acumulen, Europa está debajo.
Pongo un solo ejemplo, porque creo que es un acontecimiento histórico que ha sucedido en la última semana: Felipe González ha dicho una verdad. Desde que tengo uso de razón, y por edad me tocó la razón ante que la democracia, no había oído nunca a Felipe González decir una verdad. De hecho es un ejemplo acabado del cinismo político que configura la razón de Estado posmoderna.
A los ciudadanos concebidos como niños, se les puede tratar con mentiras piadosas. Aunque las formas exigen la representación electoral, el verdadero poder, el que conviene, el que sabe, el que lleva el timón, no puede dejarse en manos del pueblo. Está bien donde está: en las altas esferas. Por eso es necesaria la rutina del engaño.
Felipe González vivió momentos de gloria con el asunto de la OTAN. Fue una obra de arte utilizar en 1982 el no  a la OTAN para conseguir un Gobierno que tenía como una de sus tareas prioritarias el sí a la OTAN. La manipulación mediática que se volcó más tarde sobre el referéndum de 1986 fue un curso acelerado de degradación democrática. Pero si dejamos a un lado las actuaciones estelares, podremos valorar la importancia de la rutina: la mentira como equipaje imprescindible del Gobierno. Hizo escuela en la Moncloa y en esas seguimos.
Que Felipe González era partidario de una gran coalición entre PSOE y PP resultaba previsible. De hecho llevaba tiempo trabajando en este proyecto con el apoyo de algunos grandes nombres del periodismo y la banca española. Parece lógico, se trata de un capítulo más de la fascinación de Felipe González por el mundo del dinero y de su desprecio por cualquier izquierda que no acepte ser un brazo político del Banco de Santander. Quiere un PSOE que no mire a la izquierda, sino que se dedique a consolidar el sistema.
La gran coalición evidencia así que el PSOE, según Felipe, tiene más que ver con el PP que con IU. Las soluciones a la crisis deben venir de una reafirmación de votos con el mundo del dinero, el abrazo que caracterizó el glamour de sus gobiernos y que ha definido después su jubilación y sus viajes por el ancho mundo y por los consejos de administración.
Así que no es raro que Felipe González sea partidario de la gran coalición. Lo verdaderamente significativo es que lo diga, que no tape su trabajo hacia el sí con un no para andar por los mítines. En otros tiempos, Felipe hubiese hecho como Elena Valenciano, hubiese pedido el voto para detener las privatizaciones, ocultando con una sonrisa el historial del PSOE en el afán privatizador y en el desmantelamiento del Estado.
No sé si hace falta decir que el PSOE y el PP no son iguales. Y si bajamos a la militancia de base, las diferencias son claras. La lógica del bipartidismo no consiste en que sean los mismos perros con distinto collar, sino en que sean distintos perros con un mismo collar: el predominio del poder económico heredado del franquismo. Las mentiras de Felipe González y su responsabilidad de Estado han servido por tradición para encadenar el voto socialista a las élites financieras.
Si ahora dice la verdad, no es por un descuido. Si ha disparado a la línea de flotación de la campaña electoral de su partido, es porque le interesa que no tenga un buen resultado, que no se vea a sí mismo como alternativa de Gobierno, que la tan cacareada renovación no signifique un cambio de rumbo, sino una vuelta al espíritu de la Transición. El gran pacto entre el PSOE y el PP es la versión en el siglo XXI de la Transición, un gesto esperado por el rey y la banca.
La polémica desatada por Felipe González  forma parte de los escombros de esta semana. Pero un escombro bien leído nos lleva al cuerpo sepultado. ¿Es que esta Europa de la desigualdad no es la gran obra de un pacto entre conservadores y socialdemócratas? No hablo de coyunturas, sino de la creación de una dinámica política y financiera para liquidar la soberanía popular y los Estados en favor de la impunidad especulativa.
Así que el pacto PSOE-PP no supone alterar el debate europeo con asuntos de política nacional. Supone poner el dedo en la llaga, hablar de la política que nos ha hecho desde Europa más pobres y menos dueños de nuestro destino.