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miércoles, 26 de marzo de 2014

Recordando a Suárez


Jorge Tamames Grasset, periodista y graduado en relaciones internacionales, colaborador en la revista Política Exterior

Articulo publicado el 25 de marzo de 2014 en revista Política Exterior:

http://www.politicaexterior.com/archives/16609

Adolfo Suárez ha muerto, y me es difícil rendirle homenaje sin caer en tópicos. Es innegable que ocupa un lugar destacado entre los padres de la Transición. Muy pocos dudan que España permanece en deuda con él. Incluso las anécdotas personales –su don de gentes, su aversión hacia los libros– son ya lugares comunes en la hagiografía política de nuestro país. Porque escribir sobre Suárez es escribir sobre la Transición, y la Transición es un periodo de nuestra historia que se alaba más de lo que se valora. No siempre es fácil reconocer los logros de ambos sin incurrir en el panegírico oficial, tanto del proceso como de la persona que en gran medida lo dirigió.

Suárez nunca estuvo destinado a pilotar la Transición. Manuel Fraga tenía más credenciales reformistas; José María de Areilza, una trayectoria más sólida. Ambos se veían con una experiencia, cultura y aptitud muy superiores a las de aquel advenedizo de provincias que había medrado en las filas del Movimiento, y que se convirtió en presidente gracias a la habilidad con que Torcuato Fernández Miranda manipuló al Consejo del Reino. Y si Fernández Miranda orquestó la elección, lo hizo únicamente porque vio en Suárez el brazo ejecutor de su proyecto político.

Ésa, al menos, era la teoría. Que Suárez debía su carrera a la Corona. Que actuaría como correa de transmisión de Fernandez Miranda, eminencia gris del Rey. Que se quemaría a lo largo del proceso y pasaría el relevo político tan pronto como el franquismo hubiese dado el último espasmo mortuorio.

No ocurrió así, porque Fernández Miranda subestimó a Suárez. De 1977 en adelante, el presidente toma la iniciativa. Le ayudan su talento en el control de los tiempos y la habilidad para engatusar a sus rivales. Sirva como ejemplo Santiago Carrillo. Suárez le manipula inteligentemente, empleando su ambición y la legalización del PCE como anzuelos para extraerle concesiones. Paradójicamente, estas concesiones –aceptar la bandera del régimen y la monarquía, además de enterrar el proyecto rupturista– pasarán al partido una factura enorme tras su legalización.

Fernández Miranda se opone. En las memorias de Leopoldo Calvo-Sotelo aparece Fraga rasgándose las vestiduras. Por encima de todo, la medida incendia a la cúpula militar, guardiana de las esencias del franquismo, a la que Suárez había asegurado que jamás legalizaría el PCE. Cuando Fernando de Santiago dimite, amenaza a Suárez recordándole que en España son comunes los golpes de Estado. El presidente responde: “Y yo a ti te recuerdo, general, que en España sigue existiendo la pena de muerte.” Es la misma valentía que muestra cuando Antonio Tejero irrumpe en el Congreso. Mientras llueven las balas y los diputados se esconden, Suárez mantiene el tipo sentado en su butaca. Tejero le lleva a la Sala de los Ujieres, y le encañona el pecho. Suárez mira al teniente a los ojos y le ordena que se cuadre ante su superior.

¿Tienen este valor nuestros actuales dirigentes políticos? La pregunta es retórica. Si los padres de la Transición han sido idealizados hasta extremos sonrojantes, el coraje de Suárez –y el de su vicepresidente de Defensa, Manuel Gutiérrez Mellado–, es la excepción que confirma la regla.
No por eso era perfecto. Su predilección por el regate corto y la improvisación no siempre dieron un resultado positivo. Ahí queda el Estado de las Autonomías, fruto de un proceso confuso que continúa en vigor; no tanto por su éxito como por la idealización de la Constitución de 1978, intocable a menos que Bruselas exija su reforma. Al igual que Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, Suárez, que dominaba las reglas del franquismo, pronto se mostró incapaz de operar bajo las de una democracia. Así lo demuestra de 1978 en adelante, aislándose en La Moncloa mientras las élites del país reniegan de él.

Su carrera política termina el 23 de febrero de 1980. Y la conspiración que acaba con él –y por poco con la democracia en España– no fue la de un puñado de generales recalcitrantes. A ella contribuyeron, de forma activa o pasiva, la administración de Ronald Reagan, la CEOE de Ferrer Salat, Luis María Anson, políticos de todo el arco parlamentario y el propio Rey, cuyo desencanto con un Suárez demasiado independiente dio alas a las fantasías de Alfonso Armada. Sería una falta de respeto hacia la figura de Suárez ignorar cómo muchos de los que hoy lamentan su muerte le dieron la espalda cuando más los necesitó.

Es una ironía triste que Suárez haya muerto sin publicar sus memorias. A Paloma Aguilar le corresponde el mérito de destacar el parecido entre las palabras amnesia y amnistía, y utilizarlo como símbolo del pacto del olvido que tuvo lugar durante la Transición. Las sociedades que pasan por periodos traumáticos necesitan poner el pasado en su justo lugar, pero la española jamás ha realizado ese esfuerzo. Las heridas del pasado no cicatrizan. La negligencia tiene un precio. Y como si el peso del olvido colectivo hubiese recaído sobre sus hombros, Suárez, consumido por el alzhéimer, llegó al final de su vida sin memoria. A los que seguimos aquí nos corresponde recordar.

martes, 25 de marzo de 2014

La memoria de Suárez

Luis García Montero, nuestro compañero poeta y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada.

Articulo publicado el 23 de marzo de 2014 en publico.es:

http://www.publico.es/politica/509495/la-memoria-de-suarez

 La pérdida de memoria es uno de los remedios mejor utilizados en la construcción de la España oficial. El alzheimer de Adolfo Suárez ha cumplido también su papel. Cuando Adolfo Suárez hijo convocó a la prensa para anunciar el fallecimiento inminente de su padre, sentí tristeza, y no por Suárez, que llevaba 11 años desaparecido, inexistente, sino por nuestro país, por el impudor del circo levantado sobre nuestra realidad.

Yo no voy a olvidar todas las manifestaciones en la que participé contra su política, contra los suyos, contra la España que representaba.

Pero Adolfo Suárez, ahora, tenía derecho a dejar de sufrir. La familia podía haberse limitado a emitir un comunicado anunciando su fallecimiento después de tantos años de enfermedad. No esperó a la muerte, convocó a la prensa para anunciar que se iba a morir y luego lloró delante de los periodistas. Las lágrimas falsas no conmueven, dan pena y vergüenza.

Siento respeto por la figura de Suárez. No me creo la mitología oficial de la Transición española, su colaboración con el Rey, sus labores en favor de la democracia. Cuando él era gobernador franquista y jefe del Movimiento, muchos miles de españoles pasaban por la cárcel como luchadores en favor de la democracia. Ejecuciones, torturas y represión fueron las realidades y las palabras que persiguieron a todos los verdaderos demócratas por encima de sus disputas y sus diferencias. Me siento heredero de todos ellos. Mi respeto va dirigido a todos ellos.


La importancia de Suárez como demócrata tiene poco que ver con su colaboración con el Rey. Más valor, sin duda, tienen sus diferencias. Al colaborar con el Rey, Suárez no fue más que uno de los franquistas que quiso perpetuarse en la España oficial. Su labor como demócrata empezó de verdad no al ser designado presidente de Gobierno por Juan Carlos I, heredero de Franco, sino al ganar unas elecciones.

Hoy quizás se nos olvida el verdadero lugar ocupado por el Rey en los años de la llamada Transición. Una prensa sumisa no tenía permiso para comentar su historia, sus historietas, sus amoríos, sus negocios. Juan Carlos ejerció durante años como heredero de un dictador. La prensa soportaba problemas incluso para publicar una foto de primer plano en la que el monarca no estuviese agraciado. Un Rey con una nariz grande podía convertirse en un conflicto de Estado.

En esa situación, Adolfo Suarez llegó a creerse la democracia. Se atrevió a recordarle al Rey que un presidente de Gobierno era alguien elegido por los ciudadanos, alguien que no dependía del poder borbónico. Eso le complicó la vida. Los lectores de Anatomía de un instante, el libro de Javier Cercas sobre el golpe del teniente coronel Tejero, han podido enterarse en muy buena prosa de los desprecios del Rey y de su actitud hostil contra Suárez. El heredero de Franco no resistía que un presidente democrático se sintiera independiente ante sus interferencias. La coyuntura que propició el golpe de Estado del 23 de febrero tiene que ver con el deseo de cambiar a Suárez por el general Armada, un militar de devociones monárquicas.

Suárez merece respeto por haber defendido la independencia de la política frente a las intervenciones de la monarquía. Y sufrió por ello. Y fue expulsado de la presidencia por ello. Por eso resulta tan patético el esfuerzo de la prensa oficial para extender la mitología de la amistad de Suárez y el Rey. Cuando ya no existía su padre, hundido en la nada del alzheimer, Adolfo Suárez hijo recibió un premio periodístico importante por una foto en la que colocó al expresidente Suárez con el monarca en actitud de complicidad. ¡Qué desprecio al valor del verdadero fotoperiodismo! Fue una manipulación escandalosa. El anuncio por anticipado del fallecimiento inminente ha supuesto otra manipulación para facilitar el circo mediático y para volver a los cánticos en favor de la Transición cuando el prestigio del Rey anda por los suelos.

Descanse en paz Adolfo Suárez, un personaje que debe pasar a la historia. Pero no por representar a sus compañeros, que se portaron con él como lobos descarnados, sino por haber asumido una dignidad muy extraña entre los suyos.