Jorge Tamames Grasset, periodista y graduado en relaciones internacionales, colaborador en la revista Política Exterior
Articulo publicado el 25 de marzo de 2014 en revista Política Exterior:
http://www.politicaexterior.com/archives/16609
Adolfo Suárez ha muerto, y me es difícil rendirle homenaje sin
caer en tópicos. Es innegable que ocupa un lugar destacado entre los
padres de la Transición. Muy pocos dudan que España
permanece en deuda con él. Incluso las anécdotas personales –su don de
gentes, su aversión hacia los libros– son ya lugares comunes en la
hagiografía política de nuestro país. Porque escribir sobre Suárez es
escribir sobre la Transición, y la Transición es un periodo de nuestra
historia que se alaba más de lo que se valora. No siempre es fácil
reconocer los logros de ambos sin incurrir en el panegírico oficial,
tanto del proceso como de la persona que en gran medida lo dirigió.Suárez nunca estuvo destinado a pilotar la Transición. Manuel Fraga tenía más credenciales reformistas; José María de Areilza, una trayectoria más sólida. Ambos se veían con una experiencia, cultura y aptitud muy superiores a las de aquel advenedizo de provincias que había medrado en las filas del Movimiento, y que se convirtió en presidente gracias a la habilidad con que Torcuato Fernández Miranda manipuló al Consejo del Reino. Y si Fernández Miranda orquestó la elección, lo hizo únicamente porque vio en Suárez el brazo ejecutor de su proyecto político.
Ésa, al menos, era la teoría. Que Suárez debía su carrera a la Corona. Que actuaría como correa de transmisión de Fernandez Miranda, eminencia gris del Rey. Que se quemaría a lo largo del proceso y pasaría el relevo político tan pronto como el franquismo hubiese dado el último espasmo mortuorio.
No ocurrió así, porque Fernández Miranda subestimó a Suárez. De 1977 en
adelante, el presidente toma la iniciativa. Le ayudan su talento en el
control de los tiempos y la habilidad para engatusar a sus rivales.
Sirva como ejemplo Santiago Carrillo. Suárez le manipula
inteligentemente, empleando su ambición y la legalización del PCE como
anzuelos para extraerle concesiones. Paradójicamente, estas concesiones
–aceptar la bandera del régimen y la monarquía, además de enterrar el
proyecto rupturista– pasarán al partido una factura enorme tras su
legalización.
Fernández Miranda se opone. En las memorias de Leopoldo Calvo-Sotelo
aparece Fraga rasgándose las vestiduras. Por encima de todo, la medida
incendia a la cúpula militar, guardiana de las esencias del franquismo, a
la que Suárez había asegurado que jamás legalizaría el PCE. Cuando Fernando de Santiago
dimite, amenaza a Suárez recordándole que en España son comunes los
golpes de Estado. El presidente responde: “Y yo a ti te recuerdo,
general, que en España sigue existiendo la pena de muerte.” Es la misma
valentía que muestra cuando Antonio Tejero irrumpe en el
Congreso. Mientras llueven las balas y los diputados se esconden, Suárez
mantiene el tipo sentado en su butaca. Tejero le lleva a la Sala de los
Ujieres, y le encañona el pecho. Suárez mira al teniente a los ojos y
le ordena que se cuadre ante su superior.¿Tienen este valor nuestros actuales dirigentes políticos? La pregunta es retórica. Si los padres de la Transición han sido idealizados hasta extremos sonrojantes, el coraje de Suárez –y el de su vicepresidente de Defensa, Manuel Gutiérrez Mellado–, es la excepción que confirma la regla.
No por eso era perfecto. Su predilección por el regate corto y la improvisación no siempre dieron un resultado positivo. Ahí queda el Estado de las Autonomías, fruto de un proceso confuso que continúa en vigor; no tanto por su éxito como por la idealización de la Constitución de 1978, intocable a menos que Bruselas exija su reforma. Al igual que Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, Suárez, que dominaba las reglas del franquismo, pronto se mostró incapaz de operar bajo las de una democracia. Así lo demuestra de 1978 en adelante, aislándose en La Moncloa mientras las élites del país reniegan de él.
Su carrera política termina el 23 de febrero de 1980. Y la
conspiración que acaba con él –y por poco con la democracia en España–
no fue la de un puñado de generales recalcitrantes. A ella
contribuyeron, de forma activa o pasiva, la administración de Ronald Reagan, la CEOE de Ferrer Salat, Luis María Anson,
políticos de todo el arco parlamentario y el propio Rey, cuyo
desencanto con un Suárez demasiado independiente dio alas a las
fantasías de Alfonso Armada. Sería una falta de respeto
hacia la figura de Suárez ignorar cómo muchos de los que hoy lamentan su
muerte le dieron la espalda cuando más los necesitó.Es una ironía triste que Suárez haya muerto sin publicar sus memorias. A Paloma Aguilar le corresponde el mérito de destacar el parecido entre las palabras amnesia y amnistía, y utilizarlo como símbolo del pacto del olvido que tuvo lugar durante la Transición. Las sociedades que pasan por periodos traumáticos necesitan poner el pasado en su justo lugar, pero la española jamás ha realizado ese esfuerzo. Las heridas del pasado no cicatrizan. La negligencia tiene un precio. Y como si el peso del olvido colectivo hubiese recaído sobre sus hombros, Suárez, consumido por el alzhéimer, llegó al final de su vida sin memoria. A los que seguimos aquí nos corresponde recordar.
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